El estado mental fascistoide, tanto en el individuo como en el grupo en que se instale, tiene una necesidad orgánica, es decir, indispensable, de tener un enemigo claramente identificado.
Esto es absolutamente necesario porque ese estado mental requiere creer con total certidumbre en la superioridad y pureza de sus postulados ideológicos y, como eso es imposible tanto intra como inter mentalmente se requiere, necesariamente, de otra persona ó grupo en el que se puedan depositar las inconsistencias y defectos que, desde dentro contradicen la visión sobresimplificada de sí mismos.
Como el enemigo no puede ser analizado objetivamente ya que es percibido en función a la proyección de las propias características, las referencias a él y sus descripciones suelen ser paradójicas y contradictorias: El enemigo es tanto un ser infrahumano como superhumano; es despreciable por ser débil pero, contradictoriamente, también se le puede describir como sumamente peligroso. Es un cúmulo de defectos morales pero tiene la enorme capacidad de contagiar a los puros.
Para poder sostener el extremo maniqueísmo, la mente “enfascistada” requiere no solo expulsar sino eliminar todo germen de duda y por ello el miedo y la paranoia le son consubstanciales. En el grupo los más puros se constituyen en vigilantes y controladores de la “virtud” de todos los correligionarios.
El estado mental fascistoide también requiere hacer una tajante separación y ruptura de vínculos con la otredad enemiga y, en cuanto le sea posible, recurrirá a la violencia y la crueldad físicas, pudiendo llegar al asesinato. Todo ello es justificado en un “Nuevo Orden” que incluye la perversión de la moral para poner por encima de cualquier derecho humano, la obligación fascistoide de “limpiar” de impurezas sus dominios.
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jueves, agosto 23, 2007
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