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jueves, agosto 30, 2007

TERCER MARCADOR DE IDENTIDAD NACIONAL: LOS PRESIDENTES INDIOS

Después del traumatismo de la guerra diseñada hábilmente por los Estados Unidos contra un país, el nuestro, inmaduro, sin un sentido sólido de unión y solidaridad (repleto de atemporales pejes tozudos, obtusos, egocéntricos irresponsables; de calderones grisáceos y pusilánimes, de “niños verdes” frívolos y corruptos hasta la más recóndita de las neuronas; de Montieles y Madrazos siniestros y de una enorme capa de población que apenas alcanza (entonces y ahora) a pensar en la inmediatez embrutecedora), y una sociedad que presenciaba, aturdida, la pérdida de Texas, Nuevo México, Arizona y California el orgullo y estima nacionales solo pudieron mantenerse a flote depositando toda la culpa y responsabilidad en Santana.
Sostengo que no es casualidad que a este criollo-mestizo le siguieran, como figuras conductoras del país, dos indios
La explicitación de la pluralidad de nuestra sociedad fue señalada por la llegada, fuerte, tenaz, disciplinada, cruel y absolutista de un indio nacido en lo que fué el Marquesado de Hernán Cortés. Benito Juárez ganó el gobierno con tal fuerza y legitimidad que fue capaz de retar a la poderosísima Iglesia Católica. Por primera vez se secularizó un gobierno mexicano y se sentaron bases para una mexicanidad que se reconocía en sus vectores diversos. Juárez era un esposo amoroso y estaba contribuyendo al mestizaje al tener once hijos con una criolla. No encontré documentación de amoríos extramaritales. Desgraciadamente, siendo el primer gobernante con poder real y tiempo para institucionalizar mecanismos democráticos, se dejó dominar por la vieja tradición de absolutismo y solo dejó el poder con la muerte, y, aunque tuvo el acierto y valentía de separar Iglesia y Estado, inauguró una profunda escisión alienante, negadora de la realidad: para el estado mexicano la iglesia dejó de existir formal y jurídicamente y, como en la realidad social la iglesia conservó su gran influencia, se agregó un eslabón más a la estructura institucional perversa, con una re-negación de una realidad evidente y reforzando una ancladísima costumbre nacional: los “arreglos en lo oscurito”
Con algunas peripecias pero con la misma fuerza, tenacidad, disciplina, crueldad y absolutismo le siguió Porfirio Díaz. Por el buen prestigio y respeto que se había ganado Benito, Porfirio, también oaxaqueño, cultivó la versión de que él también era indio y que era algo así como heredero de Juárez. Sin embargo sus retratos reflejan más a un mestizo y, su psicología también. A diferencia de Juárez, que nunca mostró signos de idealización o devaluación objetivada –o sea primitiva- en base a tonos de piel, Díaz se rodeó de colaboradores europeimorfos, se casó también con una mujer criolla y elegante y emprendió una verdadera guerra de exterminio contra los indios Yaquis y Mayos en Sonora y Sinaloa y contra los Mayas en Yucatán. Como Juárez, tuvo el poder y el tiempo para dejar huellas institucionalizadas, en este caso, predominantemente en forma de ideales mal integrados. La escisión, negación y proyección de los componentes de identidad nacional recibieron un fuerte refuerzo porque los conflictos de identidad personales de Porfirio consiguieron transmitirse a la sociedad a través del sistema escolar con la invaluable ayuda de un brillante educador: Justo Sierra.
Apoyados en el descubrimiento del Calendario Azteca iniciaron la idealización del Imperio prehispánico y la versión, transmitida desde entonces a la fecha a los niños en educación primaria, de que nuestros antepasados aztecas eran maravillosos y los españoles eran unos ambiciosos que solo se querían llevar nuestra plata y nuestro oro. La matanza real de indios ordenada por Díaz, crónica, sistemática y genocida, junto a la glamorización del indio abstracto, intangible, refleja una profundísima escisión de su psique que seguramente tiene basamento en su crianza de la que, por ahora, no tengo información detallada. Lo antes dicho se constituyó en otro refuerzo, potente, a la mala integración de la identidad cultural, escindiendo ideológicamente a las dos fuentes constitutivas de la mexicanidad, inaugurando un síntoma presente hasta la fecha: nuestra élite, la porción privilegiada y más instruída de la sociedad, porta un absurdo orgullo indigenista absolutamente divorciado de los indígenas de carne y hueso. Una relación absolutamente falseada (Gracias a Zalakaín puedo modificar aquí para decir: alienada), con la Otredad. Creo que un caso ejemplar, reflejante de esta dinámica, puede verse en nuestro talentoso escritor Carlos Fuentes, mexicanísimo en Europa y eurocéntrico en México.